El adulto que tiene capacidad para una verdadera madurez, es aquél que deja la niñez sin haber perdido los mejores rasgos de esa etapa. Es aquél que conserva las fuerzas emocionales básicas de la primera infancia, la terca autonomía de la época en que el niño empieza a caminar, la capacidad de asombro, placer y travesura de los años preescolares, la capacidad de afiliación y la curiosidad intelectual de los niños escolares, el idealismo y la pasión de la adolescencia. Es aquél que incorpora todo esto a un nuevo patrón de desarrollo dominado por la estabilidad, la sabiduría, el conocimiento, la sensibilidad hacia los demás, la responsabilidad, la fortaleza y la determinación de la edad adulta.

Joseph Stone y Joseph Church Niñez y adolescencia La madurez es un concepto tanto estático como dinámico. Es estático en el sentido de etapa separada y definida en sí misma, que surge de las complejidades, búsquedas y revelaciones de la infancia y adolescencia. Implica, según lo indica la misma palabra, un estado de madurez, de pleno desarrollo y crecimiento en el que se ha llegado a una meta. Sin embargo, a diferencia de las etapas previas de la niñez y de la adolescencia, a través de las cuales hemos pasado y ahora hemos abandonado, nuestra madurez estará siempre en desarrollo, y solamente se puede definir por el grado y la calidad de su presencia a lo largo de las épocas futuras de nuestra vida. Es igual que los conceptos de amor y de conocimiento, nunca terminaremos de poseerlos, solamente anhelaremos experimentarlos cada vez más. Por eso, la madurez es un concepto, tanto de ser, como de llegar a ser.

Con la madurez adquirimos finalmente un yo,un centro,el cual, a pesar de no estar plenamente realizado, podemos aceptar como un principio. Reconocemos su naturaleza dinámica, su deuda con el pasado, pero aceptamos el hecho de que su futura realización es independiente de ese pasado, de que nuestra vida no es meramente un epílogo a lo que ya sucedió. Nos escogemos a nosotros mismos en el presente. Aceptamos el futuro como un reto, no en el sentido de esperar que llegue, sino en el sentido de vivir el ahora de la manera más vivida posible. Aceptamos nuestro recién descubierto Yo como un concepto que está siempre en cambio, debido a que sabemos que sin un fenómeno tan vigoroso, potente y en constante cambio, la interacción en un medio ambiente sin límites nunca conocerá la plena realización.

Cari Rogers es quizá uno de los más destacados exponentes de este enfoque dinámico de la madurez. Él siente que la buena vida del adulto es algo más que un estado fijo de tensión reducida a una condición homeostática a la cual aspira y en la que uno puede funcionar cómodamente dentro de una sociedad compleja. Él considera la madurez, no como una realización o un estado de satisfacción, sino más bien como un proceso que siempre está cambiando y desarrollando.

Existen muchas teorías sobre lo que constituye una persona humana madura. Estas teorías tienen significado solamente si se estudian a través de un contexto que incluye consideraciones únicas culturales, éticas, históricas y de conducta. Se puede decir, por ejemplo, que Freud y Erickson ven la madurez como una resolución al conflicto creado, por un lado, por la persona, y por otro, por la sociedad. La madurez para ellos, implica un ego con equilibrio dinámico de estas dos fuerzas, una interna, que ellos llaman el Id, y otra externa, que denominan el Súper Ego.

Por otro lado, los teóricos como Rank, May y Bakan, a pesar de que concuerdan con un modelo básico de conflicto, consideran que las fuerzas del conflicto se encuentran en su totalidad dentro de la persona y que ésta alcanza la madurez a través de un equilibrio dinámico intrapsíquico, o sea, a través de la resolución interna de dicho conflicto.

Rogers y Maslow son autores de otros importantes modelos de madurez, basados en un proceso continuo hacia la realización, encontrándose la energía para comprender nuestro potencial inherente de maduración totalmente dentro de cada individuo. Adler, Allport y Fromm, a pesar de que concuerdan esencialmente con la teoría de la realización, ven el proceso como un medio para llegar a la perfección a través de la internalización y de una vida que vaya de acuerdo con ciertas ideas de excelencia y de significado definidas culturalmente.

Kelly, Maddi y Fiske consideraron un modelo de consistencia con la madurez (aunque no le dan este nombre al concepto) el cual consiste esencialmente en la capacidad para mantener un equilibrio entre las esperanzas de uno y la retroalimentación que proviene del medio ambiente que uno escoge. Aquí, la clave se encuentra en la capacidad de la persona para reducir las inconsistencias entre el yo y la retroalimentación ambiental. Si esto se logra, la persona llega a un estado de reposo y tranquilidad, o sea, a la madurez.

Excepto por el modelo de consistencia, todas las teorías de la madurez se refieren a las actitudes y acciones características de la persona madura. Aunque existen algunos conflictos entre los teóricos respecto a qué en realidad significa la plena madurez, todos coinciden en ciertos puntos esenciales.

En términos generales, los teóricos coinciden en que la persona madura tiene sentido de identidad del ego, el sentido del “Yo” que ya hemos mencionado, un sentido de quién es como persona separada e independiente de los demás que intervienen en su vida. Pero esta persona separada también se da cuenta, y acepta, su necesidad de establecer una intimidad, tanto física como psicológica con alguien más con quien pueda relacionarse en forma profunda y significativa.

La madurez no es una meta, sino un proceso.

La persona madura tiene el deseo sincero de ser productiva y de beneficiar a los demás con su productividad. Desea crear y compartir su creación. Acepta su vida y trabajo con alegría y satisfacción. Vive la vida como un “artista”, según las palabras de Otto Rank, (no en el sentido estricto de la palabra, de un artista que escribe o pinta, sino en el sentido más amplio de un artista de la vida). Coloca su talento en cada tarea que realiza y su imaginación en recrear su vida diariamente.

El artista de la vida maduro es espontáneo, abierto, flexible, receptivo a las nuevas experiencias, sospechoso de la realidad. Se encuentra en armonía con las fuerzas externas, pero es autónomo, está ocupado en el proceso de inventar su propia vida. Ve la existencia como una serie de alternativas cuya elección depende de él y de la cual él es responsable. Respeta y aprecia el mundo y la sociedad en los que vive y se interesa en ellos, así como en las personas con las que cohabita.

Cree en sus propias necesidades y potencialidades personales y se percata de que éstas a menudo entran en conflicto con las de los demás, pero reconoce que el conflicto puede ser una fuerza positiva para crecer y cambiar.

La persona madura tiene un profundo sentido espiritual en su relación con la naturaleza y con otras personas; se maravilla continuamente ante la vida y el vivir. Hace uso completo de sus potencialidades, las acepta como parte del gran misterio de la vida y comparte su amor, alegría y sabiduría de una manera responsable, abierta y desinteresada.

Podemos decir, por lo tanto, que en esencia, la persona humana madura que funciona plenamente está creciendo continuamente, ya que se da cuenta que la madurez no es una meta, sino más bien un proceso; que la esencia de la madurez radica en las decisiones creadoras y responsables. Tiene un sentido de identidad flexible, pero no conformista, un sentido vivido y abierto de quién es, de lo que puede ser y de dónde radica su poder.

Algo fundamental en la persona madura es su capacidad para establecer relaciones íntimas, significativas y profundas, basadas en una “consideración incondicional” del carácter único de las demás personas. Es afectiva, amorosa y sexualmente receptiva: es sociable, tiene amigos y sentido de comunidad. Es un trabajador productivo y dedicado. Está abierta al cambio para su mejoramiento y de los demás, así como para el de la sociedad en la cual vive. Se autodetermina, casi siempre está de buen humor, tiene inventiva y se siente cómoda en el mundo, consigo misma y con los demás.