Nada aquí abajo es profano para aquellos que saben ver.
Por el contrario, todo es sagrado.
Teilhard de Chardin

La persona que funciona plenamente tiene un sentido muy profundo de espiritualidad. Sabe que su calidad de persona y el mundo en el que vive no se pueden explicar o comprender solamente a través de la experiencia humana. Sabe que debe dar el “salto místico”. Tiene que ir más allá de sí misma, más allá de su limitada realidad. Posee una inexplicable sensación de algo más. Siente que existe un intelecto operativo mayor que el suyo, aunque no encuentre palabras para nombrarlo. Está consciente de un gran diseño, incesantemente operativo, en el cual todo es compatible y en el cual no hay contradicciones.

La vida nos ofrece pocas explicaciones. No podemos estar seguros ni del verdadero significado de la vida, ni de la fuente de la misma, ni de la vida después de la vida. Solamente nosotros podemos llenar el vacío que crea esta incertidumbre. Podemos aceptar con fe o elegir la nada.

Ambas nos sumergen en el misterio. O elegimos creer que todo es importante, o que nada importa y, sin embargo, en esencia, ambas posturas son la misma. Ambas implican juegos de la mente, porque ninguna ofrece pruebas definitivas. Esto no significa que no existen respuestas. Es como el Zen Koan que dice que no hay diferencia si pensamos que somos el monje que sueña que es una mariposa o la mariposa que sueña que es el monje soñando que es una mariposa.

Algunos de nosotros no podemos vivir sin respuestas. El vacío es tan aterrador y desolador, que debemos creamos respuestas. Otros elegimos vivir sin respuestas. Las encontramos innecesarias. Vivimos nuestra vida sin hacer preguntas, viviendo en las respuestas. Ambos sistemas requieren la creación de un sistema de creencias para el cual no hay confirmación. Ambas posturas encaman un sentido viviente de espiritualidad que surge de la afirmación del yo a través de la elección personal misma.

La espiritualidad, la fe y el misterio son inherentes a cada aspecto de la vida. Recuerdo cuando visité Nueva Inglaterra y tuve mi primera experiencia con la grandeza del otoño. Nunca había visto árboles con tal esplendor prismático de color. Lo que me impresionó es que en el mismo árbol había hojas que variaban desde el amarillo brillante hasta el morado oscuro, a menudo en la misma rama. Recuerdo que me volví hacía mis amigos con azoro y estupefacción y pregunté por qué. Ellos habían vivido toda la vida en el área y no me pudieron contestar. “Así es” me dijeron por respuesta. Fue una respuesta amable, pero no suficiente para mí. Seguramente alguien más conocedor que yo ya había hecho la misma pregunta y llegado a una explicación más “científica”. Sí, sí había tal respuesta. Explicaciones botánicas que se referían a la posición individual de la hoja con respecto al sol y a la sombra, así como al factor de la escarcha. Todo esto estaba explicado científicamente, pero salí de la biblioteca no menos sorprendido ni menos asombrado. la respuesta científica no le quitó el misterio a la experiencia. ¡El hecho de que algo tenga explicación no le resta maravilla al acontecimiento!

Se pueden predecir las mareas casi por segundos. Podemos saber la fecha y hora de la migración de las aves y ballenas. Podemos caminar sobre la Luna. Pero, ¿acaso eso le resta atractivo al mar, magia a las aves o belleza a los planetas?

Estar en contacto con la naturaleza, sentir profundamente sus estados de ánimo, experimentar plenamente su hechizo, saber cómo trabajan las cosas que llamamos inanimadas, es sumergirse en la espiritualidad y divinidad de todas las cosas. Yo nunca he podido dar por naturales las cosas comunes y todavía tiemblo de emoción cuando marco un número telefónico directo al otro lado del país, o a Europa, y escucho la voz de la persona diciendo “hola”, “helio”, “pronto” o “mushi mushi”. El hecho de que al frotar un cerillo se produce fuego, de que con sólo apretar un botón produzcamos calor, o frío, o música, o imágenes en la televisión es algo que no deja de admirarme.

El hecho de que puedo plantar una semilla y ésta se convierta en flor, de que puedo enseñar algo que pasa a ser parte de otro, que le sonrío a alguien y recibo una sonrisa como respuesta, son para mí ejercicios espirituales continuos.

Doy una conferencia y descubro que algo que dije afectó la vida de alguien. Empiezo a interactuar y tengo el poder de crear tristeza, alegría o risas. ¡Espiritualidad!

La gran variedad de alimentos me maravilla también. Naranjas, manzanas, nabos, apios, lechugas, cientos de cortes de diferentes carnes y aves me dejan en un estado de perplejidad. Un viaje al supermercado me tambalea y me lleva a un estado de perpetua sobrecarga. La maravilla de que cada alimento tiene un sabor diferente, cada flor tiene sus propias características, cada día y cada noche su propia música. Es fácilmente aparente que no es el mundo el que está vacío y falto de magia, somos nosotros.

La magia no es prerrogativa única del hechicero. Nosotros mismos somos magos que tenemos el poder de conjurar y desencantar.

Nosotros creamos el misterio cada día, los secretos yacen debajo de cada árbol, en cada insecto, en cada pensamiento. Las flores florecerán, nos interesemos en ellas o no, todos los alimentos tendrán diferentes sabores, aunque no nos molestemos en probarlos. Siempre habrá deslumbrantes amaneceres, aunque nosotros no nos levantemos a ver ni uno. El espíritu de cada persona y cosa está presente, aunque estemos demasiado dormidos para sentirlo, aunque neguemos su existencia. La espiritualidad abarca una conciencia de todo lo que hay y una apertura a lo que no hay. Es la fortaleza e intrepidez para permitimos a nosotros mismos trascender la realidad y trascendemos a nosotros mismos. El individuo que funciona plenamente sabe que es la magia la que le da sal a la vida, la que erradica el aburrimiento y la que eleva la existencia más allá del espacio y del tiempo. Una persona que funciona plenamente ¡se embelesa ante una naranja y se extasía ante una brizna de hierba! Funcionar plenamente es estirar la mano con confianza absoluta y tocar a Dios en todas las cosas.