Pero, ¿dónde iba yo a empezar? ¡El mundo es tan vasto! Puedo empezar con el país que mejor conozco, el mío. ¡Pero mi país es tan grande! Mejor empiezo con mi pueblo. Pero mi pueblo, también, es muy grande. Mejor empiezo con mi calle. No, con mi hogar. No, con mi familia. No importa, empezaré conmigo mismo.
Elie Wiesel, Souls on Fire

Al nacer se nos da el mejor de los dones: la vida, y como nuestro primer obsequio se nos ofrece un fantástico mundo en el cual vivir.

Estos dones, con mucha frecuencia despreciados y de los cuales abusamos, serán siempre nuestra más auténtica y valiosa posesión.

Pero aun así, como Thoreau hace notar en Walden, la mayoría de nosotros tiene tan poco respeto por la vida, que alcanzamos el momento de la muerte sin haber vivido. Erich Fromm también expresa este temor cuando declara que la mayor tragedia de la vida es el hecho de que la mayoría de los seres humanos mueren antes de haber nacido totalmente.

Mi madre y mi padre sabían instintivamente que vivir la vida era un arte que había que celebrar. Por las apariencias exteriores se podría decir que tenían muy pocas razones para celebrar. Eran inmigrantes italianos, sin un centavo, que se esforzaban por hacer una nueva vida en una tierra extraña y hostil. No poseían ni el lenguaje ni la sofisticación para adaptarse fácilmente a esta nueva cultura que ellos habían elegido, pero aceptaron el desafío con gusto, abandono, amor, fe y gran sentido del humor.

Encontraron un lugar modesto dónde vivir y lo pintaron de rosa con adornos blancos. Al cabo de unos meses, el lugar era todavía más contrastante y pleno de vida, pues estaba lleno de jardines con flores y frutas, y verduras de la estación.

Los pájaros fueron los primeros en aceptar a sus nuevos vecinos, pues contaban con agua fresca y con semillas de girasol que papá les colocaba en su alado camino de aquí a allá.

Mamá era la envidia gastronómica. Su gnocchi y sus ravioles se disolvían en la boca como merengue. Su risotto a la Milanesa y su polenta, los cuales hervía con amor durante lo que parecía una eternidad, eran una obra maestra. El aroma del ajo, anchoas y aceite de oliva que salía de su “magna calda” ocasionaba que se le hiciera agua la boca a toda persona que se encontrara en los alrededores. Al cantar, su voz era clásica y sus grandes y tiernos ojos siempre estaban llenos de aceptación.

Papá y mamá no fueron ni famosos ni tuvieron mala reputación durante su vida. Vivieron cada día con sencillez, empezando con un enorme tazón de café con leche y terminando con un paseo tomados del brazo por el vecindario. Aceptaban la tragedia y la muerte como aceptaban la alegría y el nacimiento. Todo como parte de la vida.

Estuvieron casados sesenta años. Mamá murió a los ochenta y dos y papá a los ochenta y seis. Mamá estaba casi tan hermosa en el momento de su muerte, como lo estaba en su vestido de encaje en la fotografía del día de su boda. Papá era delgado, activo y vital a los ochenta y seis años. Su última petición, después de saber de su inminente muerte, fue la de hacer un corto viaje al área de North Beach, en San Francisco, donde podía tomar el sol como en la vieja Italia. También pidió pasar un fin de semana en Las Vegas, donde pudiera hacer un último intento por ganarle a la banca en una máquina tragamonedas de cinco centavos. Ambos deseos le fueron concedidos.

Amaba tanto la vida, que inclusive después de que su enfermedad lo dejó ciego, fue capaz de decir: “Está bien. Si se me da un poco más de tiempo, conozco mi camino en el jardín y aún podré alimentar a los pájaros”.

Yo crecí en este ambiente lleno de vida. Desde luego que no siempre fue fácil. Hubo épocas de lágrimas y desesperación en las que, si no hubiera sido por la música, por las risas, por la glicina de papá sobre la entrada, y por la deliciosa torta de col y pan viejo de mamá, no hubiéramos podido mantener el cuerpo y el espíritu en alto. Pero mi “comienzo” fue muy bueno y se fue reforzando a lo largo de los años.

Aprendí a amar. Aprendí a sentir con pasión y a expresar lo que sentía sin ninguna vergüenza. Aprendí a reír. Aprendí a ver. Aprendí a escuchar. Aprendí a sentir interés. Aprendí a asumir una plena responsabilidad por mi mundo. Aprendí a hacer de cada día una nueva aventura. Aprendí que tomar de la vida es un privilegio, y que darle a la vida mi individualidad era mi responsabilidad.

La idea de que mi familia y yo vivíamos de manera especial nunca pasó por mi mente. Simplemente era asunto de vivir plenamente como seres humanos únicos que éramos. A medida que fui creciendo no tenía idea de lo que eran decisiones, libre voluntad o autorrealización.

Al igual que los que me rodeaban, me permitía a mí mismo abrazar la vida, y el resto llegaba en forma natural.

Desde entonces, tanto en mis estudios como en mi trabajo y en mi vida diaria, he experimentado varios bruscos despertares. La mayoría de la gente no es feliz y no espera serlo en esta vida. Las estadísticas de salud mental muestran continuamente el aumento de pacientes en hospitales y clínicas mentales. En la actualidad, hay más o menos trescientas mil personas en trescientas veinticuatro instituciones mentales estatales y de los condados en Estados Unidos.

Más de doscientos mil individuos reciben tratamiento en clínicas que dan servicio externo. Como ciento veinticinco mil que sufren de depresión crónica se encuentran en desesperada necesidad de tratamiento, el cual reciben en forma discontinua, o definitivamente no lo reciben, porque no está a su alcance. Se cree que uno de cada siete norteamericanos necesitará algún tipo de tratamiento psicológico antes de llegar a la edad media. Hay más o menos un millón doscientos mil niños emocionalmente perturbados entre las edades de cinco y diecinueve años. Algunos reciben ayuda simbólica pero la mayoría se queda sin ella.

Cincuenta mil hombres y mujeres se suicidan anualmente en Norteamérica, y existen de ocho a diez intentos de suicidio consumado. Este número estadístico está aumentando en una proporción alarmante. En el pasado, el mayor número de suicidios se daba entre la población de sesenta y cinco años para arriba, pero lo más aterrador es que la tasa que más está aumentando ¡es la del grupo de los adolescentes!

Las tasas de divorcio han llegado a tal nivel, que el matrimonio moderno ya no es más que un fenómeno social de carácter de prueba y error, sin ningún significado profundo para las parejas. En algunos estados las tasas de divorcio excede a las tasas de matrimonio.

El maltrato a los niños se ha convertido en una epidemia, y es la causa más importante de la hospitalización infantil. No es raro escuchar relatos acerca de padres que han golpeado a sus hijos hasta dejarlos imbéciles o ciegos, que los han quemado con cigarrillos o con agua hirviendo, o que han cometido con ellos otras atrocidades por el estilo.

Aunque para esta etapa de mi vida yo ya no me debería dejar impresionar por estos actos, me siguen dejando atónito y no comprendo por qué, si la gente puede elegir entre la alegría y la desesperación, con tanta frecuencia elige esta última. Mis experiencias diarias me ponen en continuo contacto con individuos que parecen totalmente faltos de vida y alarmantemente apáticos, y lo más aterrador es su Completa falta de respeto hacia su persona. La mayoría se odian a sí mismos, y odian el lugar donde se encuentran, y si pudieran, elegirían ser alguien más o estar en otro lugar totalmente diferente. Sospechan constantemente de los demás y entierran por completo su yo interno a pesar de que viven con la dolorosa conciencia de su presencia. Les temen a los riesgos, carecen de fe y se burlan de la esperanza como si fuera una tontería romántica. Parece que prefieren vivir en constante ansiedad, temor y remordimiento. Tienen demasiado miedo de vivir en el presente, y se encuentran casi totalmente aniquilados por el pasado; son demasiado cínicos para confiar, y demasiado aprensivos para amar. Mascullan acusaciones amargas y negativas culpando a un Dios indiferente, a unos padres neuróticos o a una sociedad enferma por haberlos colocado en un infierno sin esperanza, en el que se sienten desamparados. No tienen conciencia de tu potencial o no quieren aceptarlo, y se refugian en sus limitaciones. La mayoría de ellos se dedican a matar el tiempo como si lo tuvieran para siempre, y no buscar otras soluciones más viables para su miserable situación.

Hacen caso omiso al hecho de que el tiempo pasa y no importa quiénes sean, ninguno va a salir de este mundo con vida. Ven la existencia como un lapso de tiempo, entre un nacimiento que ellos no pidieron y una muerte a la que le tienen terror, que deben vivir con el menor dolor posible. No se interesan en su forma de vida o en su realización personal. Se ocupan en especulaciones vagas respecto a la vida después de la muerte, a la reencarnación y a la realineación de las energías, y pasan por alto la realidad esencial: que es ahora cuando están vivos; que ahora tienen una vida que vivir; que independientemente de lo que son ahora, eso no es todo lo que existe, pero es la base con lo que mañana contarán para crearse a sí mismos; que en cualquier momento pueden renovarse y reorganizar su vida para vivir en paz, alegría y amor.

No nos sorprenda que eviten hacer estas reflexiones, pues se les ha enseñado tan poco sobre cambios, alegría y crecimiento. La vida para ellos siempre ha sido una condición metafísica tan vaga, que científicos y educadores evitan estudiar y la cual han definido principalmente filósofos parlanchines y poetas místicos. Estas conclusiones filosóficas y poéticas, a pesar de que a algunos de ellos les intriga por un tiempo, les parecen más bien semántica ambigua que sirve sobre todo para mistificar y difícilmente reflejan las “duras realidades de la vida”.

En las últimas dos décadas el estudio de la vida humana ha tomado un nuevo giro. Se ha convertido en el interés activo de los científicos del comportamiento, los cuales se han involucrado en la observación de cómo se vive la vida y en el comportamiento humano, según se manifiesta este en las rutinas diarias de la vida. Han intentado proyectar el crecimiento emocional, observar los diferentes estilos de vida y evaluar la calidad de diversos fenómenos emocionales observables, como es la alegría (Schultz), la soledad (Moustakas), la valentía (Tillich), el aislamiento (Sartre), el amor (Fromm), la autorrealización (Maslow) y la muerte (Kubler-Ross) con grandes beneficios prácticos para todos nosotros. Nos han hecho más conscientes de los papeles que representan nuestra vida y muerte, de las muchas prerrogativas viables de que disponemos para elegir, y nos han ofrecido sugerencias para mejorar la calidad y el estilo de la vida que seleccionemos. Esto nos ha proporcionado una perspectiva completamente nueva sobre la humanidad, los humanos y las opciones de vida de que todos nosotros disponemos.

El humanista Buckminster Fuller nos asegura, después de casi ochenta años de investigación, que independientemente de lo que sea la vida, ésta no se puede pesar, tocar, empacar o medir en una balanza. La vida, según él, no es desde luego nuestro cuerpo físico (ya que podemos perder veinte kilos y seguimos siendo nosotros mismos). El cuerpo, dice, es básicamente agua y desperdicios. Él cree que la vida es un estado de conciencia. Pero, desde luego, este estado de conciencia del que habla implica mucho más, que la mera comprensión.

Las personas humanas no son seres especializados como otros primates. Lo que nos hace únicos es nuestro cerebro, que es totalmente diferente al cerebro de los otros seres vivientes. La función principal de este cerebro es interpretar, diferenciar y almacenar datos significativos provenientes del medio ambiente. El resultado de esta actividad determinará a lo que nos referiremos como nuestra mente.

La mente crece con la experiencia que se percibe por medio de los sentidos, y a partir de estas experiencias se crea nuestro mundo personal.

Mientras permanezcamos conscientes, estaremos comprometidos en el proceso de asimilación de nuestro medio ambiente, y en la formación de nuestra vida. Este proceso es continuo y activo, y crecemos en la medida en la que nos vemos forzados, dispuestos, o capaces de acomodar esta embestida de nuevas experiencias. En cada etapa de nuestra vida se nos pedirá que llagamos ajustes personales de acuerdo con nuestro mundo cambiante, conforme nos involucremos cada vez más en el proceso activo de hacerlo nuestro. De este modo, cada uno de nosotros se convierte en una unidad de diseño único, regenerada continuamente como parte de un universo en constante cambio. El desafío principal al que nos enfrentamos en este proceso es el de descubrir, desarrollar y aferramos a nuestro ser único. Para hacerlo, necesitamos estar plenamente conscientes, sensibles y flexibles. También se requiere un sentido del humor muy agudo y, aun así, no será un proceso fácil.

Vivimos en sociedades muy complejas, rodeados siempre por individuos que también están comprometidos en este proceso, y ellos también harán que sea necesario y hagamos constantes ajustes.

Nos encontraremos con padres, amigos y amantes que intentarán distorsionamos y retenernos dentro de su imagen, por su propia conveniencia y consuelo y por lo general en nombre del amor.

Descubriremos una sociedad que nos fuerza a conformamos a sus necesidades y que intenta metemos al aro. Nos percataremos de que la educación consiste más en llenarnos de conocimientos irrelevantes, enseñándonos qué debemos aprender, en vez de como hacer uso de lo que aprendemos. Nos daremos cuenta de que las instituciones intentan lavamos el cerebro y llenamos de miedo, culpa y vergüenza.

Por lo que no es de sorprender que proclamemos a la defensiva la imposibilidad de llegar a ser nosotros mismos “porque ‘ellos’ no nos lo permitirán”.

Ahora comprendemos por qué el filósofo y dramaturgo Jean Paul Sartre, en su corta obra maestra Sin salida concluye definitivamente que “el infierno son los demás”.

Esta creencia dentro de nuestro abandono se refuerza más cuando se nos pide que consideremos la historia de la persona humana: los valores, la tecnología, las creencias religiosas y los sistemas políticos.

El resultado de este estudio produce una imagen triste de nosotros mismos como víctimas rígidas, egocéntricas, aterrorizadas e impotentes a merced de fuerzas superiores a nosotros.

Nuestro pasado nos ha proporcionado descubrimientos científicos increíbles, que nos han proyectado a la libertad del espacio. Sin embargo, en la Tierra todavía tenemos disturbios en las calles y necesitamos de una legislación formal para asegurarle al ser humano medios de subsistencia básicos y el derecho a vivir con dignidad, la necesidad más fundamental para la realización de nuestra plena calidad humana.

Vivimos en un sistema político que se enorgullece de su actitud sofisticada y su dedicación a la paz y a la libertad universales, sin embargo, nos encaramos a un pasado que revela que no somos más pacifistas, menos prejuiciosos o menos militantes que los sistemas políticos a los que tememos y condenamos. Nosotros, también, hemos jugado un papel activo en el siglo más sangriento de la historia. Un reciente estudio de la historia de la religión no produjo conclusiones más optimistas o exitosas. Hemos encontrado un vasto número de individuos que se sienten abandonados y alejados de Dios y de sus iglesias y muchos fanáticos errados que han triunfado en la racionalización de la apatía, del odio, del prejuicio, del temor, de la violencia e inclusive del asesinato en masa arguyendo que es la... ¡voluntad de Dios!

Desde esta desconsoladora perspectiva histórica de los seres humanos, y de las instituciones que han creado, no es sorprendente que debamos recurrir a agentes externos para encontrar esperanza en el futuro. Se nos dice que hemos fracasado y que seguiremos fracasando. Algunos filósofos y científicos hasta nos advierten de una inminente extinción.

Se nos asegura que, en el mejor de los casos, estamos “enfermos” y desvalidos, y necesitamos ayuda a gritos. Se nos fuerza dentro de un modelo médico de comportamiento el cual implica que nuestro fracaso para funcionar plenamente como seres humanos se debe a “patología” de la que debemos ser “curados”. Se nos representa como una rueda de molino, que se mueve en círculos y que no va a ninguna parte.

Si aceptamos este perfil de la persona, será muy cuestionable que alguna vez alcancemos la fortaleza para reconstruir las ruinas emocionales, físicas y ecológicas que hemos provocado. Es muy poco probable que alguna vez podamos restaurar nuestra fe en la dignidad humana; es más probable que seamos incapaces de evitar nuestro propio apocalipsis.

Estoy convencido de que en la actualidad, tenemos suficientes conocimientos y comprensión del potencial de la personalidad para hacer obsoletos el odio, el temor, el dolor, el hambre, la guerra y la desesperación. Mi argumento es que no hay vuelta atrás, que no somos prisioneros del pasado, que podemos comenzar desde donde estamos.

Nos bastamos a nosotros mismos. No existen “otros” a quienes culpar, cada uno de nosotros es ese “otro”. Si estudiamos cuidadosamente la conducta humana, a menudo descubrimos que la impotencia emocional, la apatía y la carencia de comprensión así como la oposición para cambiar que vemos en los demás, en realidad radican en nosotros mismos. Creamos nuestra propia trampa y nos cegamos ante el hecho de que es obra nuestra.

Cuando las cosas no se hacen, somos nosotros los que no las hemos hecho; cuando existe incomprensión, ésta también es producto nuestro; cuando nos encontramos en estado de dolor o tensión emocionales, somos nosotros los que los hemos escogido. Si no logramos ser todo lo que somos, somos nosotros los que no evolucionamos y por lo que somos nosotros, los que debemos sufrir nuestro no-ser.

Ningún “otro” puede enseñamos a cambiar, solamente nosotros mismos lo podemos hacer. Ningún “otro” puede traemos paz y alegría, esos sentimientos son nuestros en forma única. (El mundo del temor, de la alegría y de las lágrimas, es un mundo muy privado y personal.) Ningún “otro” puede realizamos. Solamente nosotros podemos aceptar el reto de ser plenamente nosotros mismos. Solamente nosotros podemos decidir que deseamos vivir plenamente nuestra humanidad.

El saber que nosotros construimos nuestra propia vida no es nada nuevo, sin embargo, la mayoría nos resistiremos a aceptarlo, porque si lo aceptáramos, podríamos vemos forzados a cambiar. Tendríamos que encarar al dolor y al vacío que surgen al ver un yo no realizado.

Tendríamos que emprender la búsqueda aterradora, insegura y demandante de la autorrealización. Finalmente, tendríamos que dejar de culpar a los demás, y asumir nuestra plena responsabilidad de crear nuestra propia vida. No hay duda de que es mucho más fácil aceptarnos a nosotros mismos según se nos ha catalogado: fracasados, asustados, impotentes y sin esperanza, incapaces de satisfacer nuestras necesidades de realización.

Al nacer, somos casi en nuestra totalidad, potencial no realizado, y en cada uno de nosotros se encuentran presentes miles de posibilidades. Podemos elegir volver a nacer en cualquier momento y aceptar el desafío del yo que todavía tenemos que conocer, pues él mismo también es verdadero.

El mundo, también, es en su mayor parte," potencia sin realizar y nos está esperando para que lo realicemos. La responsabilidad, por lo tanto, es nuestra. La manifestación de cada persona y el mundo en el que vivimos constituye el mínimo requisito de nuestra existencia, su principal propósito y su única esperanza. La negligencia de cualquiera de nosotros para convertirse en una parte que funcione plenamente dentro del todo, sin importar quiénes seamos o dónde estemos, se traducirá en potencial perdido para siempre. Valemos en el grado en el que nos estamos realizando constantemente, como la persona única que somos en cada momento de nuestra vida. Esta meta parecerá irreal e inalcanzable, un ideal romántico. El querer realizar un ideal puede ser frustrante, ya que significa que estamos tratando con algo imperceptible: una ilusión. Se nos dice que la única esperanza radica en que emprendamos un viaje ilusorio hacia un yo místico y no realizado. No tenemos ninguna certidumbre de dónde nos llevará el viaje, ni de lo que encontraremos al llegar allá. Estamos convencidos de que nuestra adaptación actual es, por lo menos, un ajuste y que el cambio constituye, en el mejor de los casos, un riesgo inseguro. Se nos recuerda que la ilusión es un juego de niños y que seguir una ilusión es ingenuidad.

La manifestación de cada persona y el mundo en el que vivimos es el mínimo requisito de nuestra existencia, su propósito principal y su única esperanza.

Sin embargo, es un fenómeno interesante que el ser no realizado... ¡demanda visibilidad! No puede pasar desapercibido por mucho tiempo. Nos fuerza a avanzar o a retroceder, o a vivir en un estado de confusión, ansiedad y frustración. Estamos conscientes de que algo falta y sentimos la necesidad desesperada de descubrir qué es. Nos sentimos impulsados a crecer a pesar del hecho de que, a lo mejor, las recompensas están veladas por la ilusión; de que siempre parecemos estar mal preparados; de que hemos fracasado tantas veces; de que el intelecto nos confunde, o las emociones nos abruman y otros viajeros intervienen constantemente.

Encontramos que tenemos muy poco que nos sirva de guía en nuestra búsqueda y tenemos que depositar nuestra confianza en la única fuerza con que contamos, ese instinto natural que nos impulsa a la creación, la decisión, la liberación y el cambio. Debemos ceder al reto de llegar a ser plenamente humanos y confiar en nuestros propios procesos con la esperanza de que nos conducirán a ello.

Elie Wiesel nos habla de un rabino que dijo que cuando dejemos de existir y nos presentemos ante el Creador, la pregunta que nos hará no va a ser ¿por qué no fuiste un mesías, un líder famoso, o por qué no resolviste los grandes misterios de la vida? La pregunta va a ser muy sencilla: ¿por qué no fuiste tú, la persona plena, activa y realizada que sólo tú tenías el potencial de llegar a ser?

El reto que se nos presenta es, por lo tanto, muy claro: convertir en realidad lo más posible de esa ilusión. Después de todo, nuestra realidad presente no es más de lo que fueron una vez nuestras ilusiones.

¿Y dónde comenzamos? Empezamos en el momento presente.
Abandonamos el pasado y abrazamos el ahora. Empezamos con la posesión más valiosa y con la única que nos puede conducir a nuestra propia humanidad plena y personal. Tomamos el sabio consejo del rabino de Wiesel: “¡Empecemos con nosotros mismos!”